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La fe bajo fuego cruzado: Sor Lucía en la guerra que asfixia a Ucrania y castiga al mundo

La guerra, cuando envejece, impone a las ciudades una extraña forma de normalidad. El asombro y el terror de los primeros días terminan cediendo el paso a una rutina forjada entre sacos terreros, ventanas tapiadas y sirenas antiaéreas que se asimilan, de manera inevitable, en el paisaje sonoro diario.
Es en esta atmósfera de resistencia sostenida, bajo la pesadez de un estado de excepción convertido en costumbre, donde nuestro equipo tuvo la oportunidad de sentarse a conversar con Sor Lucía en Kyiv.
Cada día luchamos contra la desinformación rusa. Tu ayuda nos fortalece.
Su regreso a la capital ucraniana suma una dimensión indispensable al colosal esfuerzo por la supervivencia del país. Mientras el frente militar sostiene a diario la defensa territorial y la existencia misma de la nación —un pilar innegociable sin el cual nada de lo demás sería posible—, el trabajo de Sor Lucía opera en la retaguardia para resguardar aquello que la artillería no puede blindar: el tejido humano y, muy especialmente, la infancia. La resistencia, tal y como se palpa sobre el terreno, exige defender tanto la frontera física como el futuro de quienes habitarán el país cuando las armas callen.
En una sala donde el ruido de la ciudad parece momentáneamente atenuado, su discurso subraya esta dualidad. "Este viaje ha sido un poco diferente a los otros", reconoce nada más empezar.
No hemos venido concretamente con ayuda humanitaria material, sino que hemos venido a un tema central que nos ocupa, y que yo creo que es el tema que más les preocupa en este momento a los ucranianos, y es el tema de la infancia.
Sor Lucía Caram
A medida que avanza la entrevista, Sor Lucía desgrana los detalles de una herida social que la atención internacional —a menudo anestesiada por la fatiga informativa y la repetición constante de imágenes— corre el riesgo de archivar en el olvido. Su enfoque no resta un ápice de gravedad a la emergencia en las trincheras, sino que la complementa, recordando que la victoria de Ucrania también depende de evitar que el trauma crónico y los vacíos silenciosos devoren a la generación que, el día de mañana, deberá sostener el país.

II. El silencio de los cautivos y la urgencia de narrar
Cuando el recuento de daños de una invasión se limita a las infraestructuras, se omite una violencia mucho más insidiosa. Sor Lucía apunta directamente a un vacío demográfico forzado. Mientras la sociedad ucraniana y su ejército se esfuerzan por proteger a los menores que permanecen en el territorio, existe otra infancia que padece la que ella considera la peor de las suertes: la de aquellos niños que han sido secuestrados. Esta maquinaria no emplea el estruendo de los misiles, sino la frialdad del engaño y el desarraigo, afectando a menores que "han sido secuestrados de sus padres".
Para dimensionar el alcance de esta sustracción de identidades, la religiosa, acompañada por Juan Carlos Cruz —miembro de la Pontificia Comisión de Protección a la Infancia —, se ha sentado a escuchar a los menores que han logrado hacer el camino de vuelta desde el cautiverio. El testimonio que traen consigo no se traduce en un trauma estridente, sino en una asoladora claudicación del espíritu. Al preguntar a estos menores si es posible hacer algo por ellos, la respuesta paraliza cualquier intento de consuelo rápido: relatan:
Que no les merece la pena vivir.
Sor Lucía Caram
Esa frase, la negación absoluta del futuro articulada por un niño, exige una respuesta que va más allá de la logística tradicional. Ante esta anulación, la labor humanitaria asume una carga que roza el deber de la memoria y el periodismo. "No basta solo hacer cosas, sino que es muy importante explicar lo que vemos y lo que escuchamos", sostiene Sor Lucía. El objetivo de estas reuniones es abrir vías de colaboración y, fundamentalmente, "dar voz" a esta realidad. La advertencia es clara: la urgencia de salvar las vidas de quienes permanecen bajo las bombas no puede justificar el olvido de "algo que también es esencial y urgente, que es lo que no se ve, que son los niños que no están".
III. La amplitud inofensiva: un mar sin alarmas
Frente al abismo del trauma continuado, la organización opone una logística del respiro. La iniciativa pasa por extraer a cientos de menores de la tensión crónica del país para devolverles, aunque sea temporalmente, la cadencia de la normalidad. En este momento, preparan el viaje de 255 niños a Lloret de Mar, a los que se sumarán 50 más durante el mes de julio. Aunque desde fuera pueda surgir el temor de que este paréntesis de paz haga más duro el posterior regreso a la guerra, Sor Lucía es tajante al asegurar que, tras la euforia inicial, "todos quieren volver" a su hogar.
El programa, lejos de ser un simple retiro estival, responde a una estricta necesidad clínica. La expedición viaja respaldada por un equipo que incluye tanto a sus propios monitores como a médicos y psicólogos. El propósito es acompañar a los menores a través de actividades diseñadas por profesionales, las cuales les ayudan a "elaborar la situación del estrés postraumático que tienen".
El itinerario en España incluye visitas lúdicas que ilusionan a cualquier niño, como la Sagrada Familia, el Museo del Barça o PortAventura. Sin embargo, el verdadero termómetro de lo que la invasión les ha arrebatado se mide en anhelos mucho más elementales. Sor Lucía subraya que lo que más valoran y desean es, sencillamente, "poder estar en el mar al aire libre". Para menores educados en la constante alerta, la costa representa un espacio vasto "sin sirenas, sin alarmas, sin nada".
Gran parte de estos niños provienen de áreas brutalmente castigadas por los combates, como Sumy, Kharkiv, Kherson o Mariupol. Arrastran una relación cercenada con su propio territorio: muchos relatan que hace tiempo que no ven el mar, otros confiesan que jamás lo habían visto, y algunos explican que el acceso a sus playas estaba "totalmente minado". Son una generación que, en gran medida, ha "nacido en la guerra" y no ha "visto otra cosa" , creciendo bajo "el relato de desapariciones, de ataques, de muchas pérdidas". Al disfrutar de la naturaleza intacta, compartir con otros sin temores y comprobar que no todo está destruido, interiorizan una certeza vital: descubren que "otro mundo es posible".

IV. El mandato eclesiástico y la teología de los hechos
En un país fracturado por la violencia, el papel de la Iglesia y la diplomacia vaticana a menudo se analizan bajo el escrutinio de los discursos oficiales. Sin embargo, Sor Lucía traslada esa responsabilidad al terreno de lo estrictamente tangible. La raíz de su despliegue en Ucrania no nace de una iniciativa logística aislada, sino de una encomienda directa desde Roma: "Lo primero que nos encargó el trabajo este con los niños fue el Papa Francisco".
Quiero que seáis mis ojos y mis manos para trabajar por esto.
Sor Lucía Caram
Es un encargo que, junto a Juan Carlos Cruz, han asumido con absoluta severidad.
En este paisaje de emergencia crónica, el concepto mismo de la evangelización se despoja de cualquier ambición proselitista. En mitad de una guerra, intentar sumar fieles resulta un ejercicio fuera de lugar. "Nosotros no venimos aquí a ser cristianos ni a convertir a nadie al catolicismo, nada que ver", aclara Sor Lucía con una contundencia que despeja cualquier duda sobre sus intenciones.
Para la religiosa, la misión recupera su significado etimológico más elemental: ser "evangelio", que "quiere decir buena noticia". Y bajo la amenaza constante de la artillería, esa buena noticia no se construye "hablando y dando ideas y dando palabras fáciles". La fe, cuando opera bajo fuego cruzado, exige la materialidad de los actos. Consiste en demostrarle a la víctima "que estás, de que no te has olvidado y de que le das lo que necesita, lo que necesita para vivir, para ser feliz y que se le ha quitado y se le ha robado".
Al igual que en los relatos bíblicos originarios donde "Jesús devolvía la vista al ciego", ayudaba al enfermo o consolaba "a la madre que había perdido a su hijo", el auxilio actual en Ucrania demanda respuestas inmediatas: acompañar a las familias desplazadas, facilitar medicamentos o sacar a un niño del alcance de las sirenas. Ante la vasta desolación que impone la guerra, la conclusión de Sor Lucía es de un pragmatismo rotundo: "No hay que hablar mucho. Es simplemente esto".
V. La anatomía clínica de la urgencia: metralla y escarcha en Odesa
La teoría sobre la resiliencia de un país se vuelve dolorosamente concreta al cruzar las puertas de sus hospitales. Durante la conversación, Sor Lucía retrocede a una expedición realizada en febrero, cuando las advertencias sobre el peligro inminente de la zona no lograron disuadir a su equipo. Aquella operación, bautizada como la "caravana de la bondad", movilizó 21 vehículos a través de Europa —incluyendo ambulancias y todoterrenos— con el doble propósito de entregar material y evacuar heridos hacia España.
El destino fue Odesa, concretamente el hospital de Arcadia, un centro médico vinculado a la Guardia de Fronteras donde se recuperaba un elevado número de jóvenes severamente mutilados. Lo que la delegación encontró allí altera cualquier narrativa épica del combate para anclarla en una supervivencia descarnada. Apenas unas semanas antes de su llegada, una parte de las instalaciones había sido blanco de un bombardeo. Al llegar los servicios de emergencia, se toparon con una escena que desafía la lógica del agotamiento humano: el fuego no aguardó a los bomberos. Jóvenes amputados y malheridos se habían arrastrado por el suelo aquella misma noche, movilizados en medio de sus propias limitaciones, para apagar las llamas y salvar el recinto.
Esta violencia obliga a quienes la presencian a asumir un deber ético ineludible: regresar y explicarlo. Documentar estas amputaciones sirve para despertar a la comunidad internacional y
Darnos cuenta que no podemos tolerar que esto esté pasando.
Sor Lucía Caram
Al final, la cartografía de la invasión pierde toda su abstracción táctica cuando se le añaden los rostros. Al evocar a los heridos provenientes de las regiones más castigadas, Sor Lucía les devuelve sus nombres de pila. Cuando las noticias informan de ofensivas en las aldeas de Sumy, el corazón se le estremece porque inmediatamente piensa "en María, pensaba en Vlad, pensaba en Vitali". En ese instante, las coordenadas impersonales de un teletipo se desvanecen; el territorio se convierte, de manera irreversible, en un espacio habitado por personas concretas que exigen no ser ignoradas.
VI. El asedio logístico: campos minados, ratas y el hambre global
La mirada sobre Odesa exige trascender el mapa estrictamente militar para adentrarse en una crisis de escala planetaria. El puerto de la ciudad no es únicamente una instalación portuaria bajo amenaza; es una arteria crítica para la seguridad alimentaria mundial. En este punto, la guerra desborda las fronteras de Ucrania para transformarse en un sabotaje logístico con réplicas directas en otros continentes. Sor Lucía señala que el país está siendo atacado precisamente por una riqueza agrícola que, históricamente, ha sido compartida con el resto del mundo.
La paradoja de esta devastación se ilustra con nitidez en el campo. Durante el verano de 2023, las condiciones climáticas propiciaron cosechas excepcionales. Sin embargo, la abundancia se topó con una tierra envenenada por los explosivos. Gran parte de lo cultivado no pudo recogerse porque los terrenos estaban minados. Esta imposibilidad agrícola desencadenó una consecuencia colateral propia de la miseria bélica: el grano abandonado multiplicó la población de ratas que, al llegar el invierno, invadieron las trincheras buscando el calor y convirtiéndose en una amenaza directa para los soldados.
Con el espacio aéreo cerrado y el mar Negro bloqueado por las minas , la única válvula de escape para esta enorme despensa son las rutas terrestres. Fue precisamente en esos cuellos de botella, en la frontera con Polonia, donde el conflicto mutó hacia la guerra de la desinformación. Al encontrarse con carreteras cortadas por huelguistas, el equipo de Sor Lucía no se conformó con el relato oficial; bajaron a preguntar directamente a quienes bloqueaban el paso.
La respuesta que obtuvieron desnuda el mecanismo de la injerencia: muchos manifestantes confesaban no saber por qué protestaban, argumentando que ya se lo explicaría su jefe. Eran, en realidad, trabajadores a sueldo financiados por la propaganda rusa para estrangular el paso de camiones. El objetivo era sembrar la falsa narrativa de que el cereal ucraniano buscaba hundir los precios del mercado europeo , cuando en realidad ese grano no competía con los países fronterizos ni estaba destinado a Europa.
Las consecuencias de este estrangulamiento van mucho más allá de la inflación europea. La incapacidad de sacar los barcos cargados de alimentos desde Odesa impacta de forma letal en los países de África. Sor Lucía advierte que naciones empobrecidas y sin voz en el tablero internacional están sufriendo un castigo directo por un grano que no llega. Mientras el debate público occidental suele centrarse en el impacto del petróleo o la energía, ella recuerda que la crisis alimentaria provocada por este asedio es igual de grave y letal. Por ello, concluye que la agresión no se dirige únicamente contra un país, sino que el invasor y sus aliados están atentando directamente contra la humanidad entera.

VII. La fatiga de la compasión y el ancla de la memoria
La prolongación del conflicto no solo fisura las infraestructuras, sino también los resortes morales de la comunidad internacional. Frente a una agresión de esta escala, Sor Lucía reclama una unidad inequívoca frente a un invasor que, a través de sus tácticas, atenta contra la humanidad en su conjunto. Sin embargo, advierte que el tablero global adolece de una estrategia geopolítica coherente para defender los derechos fundamentales. En su lugar, denuncia la "locura colectiva de un grupo de poderosos que se han aliado para beneficiarse personalmente".
A un nivel más cercano, mantener el pulso de la ayuda ciudadana exige reeducar la empatía. Al estallar la invasión, la sociedad española experimentó lo que la religiosa define como una "solidaridad compulsiva".
En un arrebato dictado por la emoción del momento, los ciudadanos llegaron a vaciar sus armarios para enviar todo aquello que les sobraba a las zonas afectadas. Pero la compasión sustentada únicamente en el impacto inicial tiene fecha de caducidad. Hoy, con la atención pública fragmentada y saturada, conseguir apoyo requiere un esfuerzo mucho más tenaz e ingrato.
A pesar de este inevitable desgaste, el compromiso en España no se ha disuelto por completo, gracias a un anclaje histórico. Durante décadas, miles de familias españolas abrieron sus puertas cada verano para acoger a los niños afectados por el desastre nuclear de Chernóbil. Aquella red de acogida obró un milagro sutil: le puso un rostro humano a la geografía ucraniana. Ese vínculo afectivo, trenzado a lo largo de los años, actúa hoy como un dique de contención frente a la indiferencia. Esta sensibilidad ciudadana encuentra también su reflejo en la postura del Gobierno de España y de ministerios como el de Defensa, que han mantenido un posicionamiento firme a favor de Kyiv, asumiendo incluso el roce con otras potencias o líderes internacionales.
No obstante, para evitar que la rutina sepulte a Ucrania bajo el alud de nuevas guerras, la memoria debe ejercerse como una acción deliberada. Es aquí donde iniciativas visuales como el documental Ucrania, resistencia y esperanza cobran un valor estratégico invaluable. La proyección de esta obra está logrando abarrotar teatros, impactando frontalmente en una audiencia que agradece el recordatorio de la tragedia en curso. Al final, la batalla más silenciosa de esta guerra se libra en la constancia de la memoria, asegurando que el auxilio a un país asediado no termine diluyéndose como una lejana noticia de archivo.
VIII. El veredicto del tiempo y la responsabilidad de la mirada
Las guerras largas alteran la geografía física, pero también redistribuyen el peso de las responsabilidades. Al principio de la invasión, la línea entre el agresor y el agredido era de una claridad meridiana; la conmoción internacional generó una movilización instantánea. Sin embargo, cuando el conflicto se fosiliza y abandona la primera línea de la urgencia informativa, la resistencia ya no depende exclusivamente de quienes defienden el territorio.
Sor Lucía entiende que la fatiga es, en sí misma, una victoria estratégica para quienes apuestan por el tiempo como arma de desgaste. Por ello, su insistencia en regresar a Kyiv, en documentar las salas de amputados en Odesa o en relatar el mutismo de los menores secuestrados, no es un simple ejercicio de recuento. Es un acto de obstinación contra la asimilación del horror. Su relato nos advierte que la solidaridad no puede depender de los espasmos emocionales; requiere transitar desde el impulso caritativo hacia una constancia madura, menos visible pero más útil.
IX. El antídoto contra el olvido
Al apagar la grabadora, lo que queda flotando en la sala no es la resonancia de un país en guerra, sino una advertencia contra la costumbre. Su relato nos recuerda que el olvido opera como una forma letal de complicidad. Documentar el relato de los niños retornados del cautiverio , la escarcha necrosando la piel en los hospitales de Odesa o el avance de las ratas sobre las cosechas abandonadas deja de ser una mera crónica para transformarse en un acto de preservación histórica. En un contexto de desgaste prolongado, la urgencia muta. Ya no se trata únicamente de gestionar la logística humanitaria, sino de proteger obstinadamente el significado de lo que se está perdiendo.
No basta solo hacer cosas, sino que es muy importante explicar lo que vemos y lo que escuchamos. Explicar para que la gente no se olvide.
Sor Lucia Caram
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