El director de la CIA, John Ratcliffe, llegó a Moscú el 25 de agosto, su primer viaje de este tipo en casi cinco años. Rusia lanzó misiles balísticos contra Kyiv la noche siguiente. Luego, el 27 de agosto, la capital ucraniana sufrió un récord de 13 alertas de ataque aéreo en un solo día. La coincidencia es reveladora: un intento estadounidense de diálogo diplomático fue seguido inmediatamente por el ataque ruso más intenso hasta la fecha.
“A través de nuestro trabajo, queremos que cada miembro vivo de las Fuerzas Armadas de Ucrania sepa, en primer lugar, que sin importar quién sea ni cómo haya muerto, lo traeremos de vuelta a casa. Y en segundo lugar, queremos que cada soldado enemigo sepa: lo encontraremos y le haremos pagar por cada cadáver que vea aquí esparcido por el suelo. No hay escapatoria, y no habrá piedad.”
En la ciudad de Kherson, al sur de Ucrania, la población civil intenta mantener la normalidad cotidiana bajo un asedio aéreo ininterrumpido. Actividades tan comunes como ir a una tienda o cuidar las flores del jardín se ejecutan hoy bajo la constante amenaza de los ataques con drones rusos, que han transformado el espacio urbano en una línea de fuego permanente.
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