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Guerra en Ucrania

Por qué Vladimir Putin es un “esclavo de la guerra”

Por qué Putin se ha convertido en un “esclavo de la guerra”

“Puede verse a sí mismo como un zar, pero es un esclavo de la guerra”, afirmó el presidente Volodymyr Zelenskyy al referirse a Vladimir Putin durante la Conferencia de Seguridad de Múnich el 14 de febrero. Añadió que el líder ruso “no puede imaginar la vida sin poder o después del poder”. La frase resume una trayectoria política marcada por guerras casi constantes desde que Putin llegó al Kremlin.

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Hasta ahora, el presidente ruso no ha mostrado interés en frenar la invasión de Ucrania, y la guerra ha sido un componente central tanto en su ascenso al poder como en la forma en que lo ha mantenido. Esto, pese a los elevados costos que la guerra en Ucrania ha impuesto a la economía rusa, al ejército y a la reputación internacional de Rusia. 

Cómo la guerra moldeó el ascenso de Putin

Mapa de los conflictos rusos durante el gobierno de Putin
Mapa de los conflictos durante el gobierno de Putin en Rusia. Ilustración: UNITED24 Media

¿Cuándo llegó Vladimir Putin al poder?

La guerra fue un elemento clave en la consolidación del poder de Putin y en el aumento de su popularidad inicial. En 1999, Putin era primer ministro bajo la presidencia de Boris Yeltsin. En septiembre de ese año, edificios residenciales en tres ciudades rusas fueron bombardeados, causando la muerte de más de 350 personas. Las autoridades rusas atribuyeron rápidamente los ataques a separatistas chechenos.

Estos atentados condujeron a la Segunda Guerra Chechena. La popularidad de Putin se disparó del 31% al 80%, según algunas estimaciones. Aunque las encuestas en Rusia no siempre son plenamente fiables, los estudios independientes muestran una tendencia clara: el conflicto fortaleció su imagen como líder fuerte y decidido. Yeltsin lo designó como sucesor, y Putin llegó a la presidencia en 2000. La guerra en Chechenia concluyó oficialmente en 2009, tras años de combates. Pero fue solo el inicio de una política exterior cada vez más militarizada.

La invasión rusa de Georgia

Tropas rusas en Georgia, 2008
Un convoy de tropas rusas avanza por las montañas en dirección a Tskhinvali, cerca de la ciudad de Alagir, el 16 de agosto de 2008. (Foto: NATALIA KOLESNIKOVA/AFP/Getty Images)

Durante la década de 2000, Rusia mantuvo una relación pragmática con Occidente, especialmente en el ámbito energético y en la cooperación posterior al 11-S. Sin embargo, en 2007, Putin criticó abiertamente la expansión de la OTAN y el orden internacional liderado por Estados Unidos.

En 2008, Rusia invadió Georgia y ocupó Osetia del Sur y Abjasia. La guerra desplazó a alrededor de 192.000 civiles georgianos y consolidó la presencia militar rusa en la región. Tras el conflicto, la popularidad de Putin volvió a aumentar, reforzando el patrón de legitimación política a través del uso de la fuerza.

Ucrania: de Crimea a la invasión a gran escala

La siguiente grande guerra fue Ucrania. En 2014, Rusia anexó Crimea e impulsó la guerra en Donetsk y Luhansk. La anexión de Crimea provocó un repunte inmediato de apoyo interno a Putin.

La invasión a gran escala iniciada en 2022 convirtió la guerra en Ucrania en el conflicto más ambicioso y costoso de su mandato. Más allá de objetivos territoriales, la guerra permitió reforzar el control interno. Desde entonces, la represión contra periodistas, opositores y medios independientes se ha intensificado, consolidando un sistema político cada vez más centralizado.

Siria y África: expansión militar exterior

En 2015, Rusia intervino militarmente en Siria para apoyar al régimen de Bashar al-Assad, desplegando bombardeos aéreos y fuerzas vinculadas al Grupo Wagner. Moscú mantuvo bases estratégicas en el país hasta 2024.

Además, el Grupo Wagner y otras estructuras vinculadas al Kremlin participaron en operaciones en países africanos como la República Centroafricana, Malí y Burkina Faso, donde Rusia amplió su influencia política y económica, particularmente en sectores vinculados a recursos naturales.

Un parche de Wagner en un soldado de la República Centroafricana
Un parche con el logotipo del grupo mercenario privado Wagner en el uniforme de un miembro de las Fuerzas Armadas de la República Centroafricana. (Foto: PATRICK MEINHARDT / AFP Getty Images)

La guerra como capital político

A pesar de que Ucrania ha ofrecido a Rusia múltiples vías de salida y concesiones desde 2014, Moscú ha continuado con la invasión de Ucrania y ha rechazado repetidos intentos de desescalada. En numerosas ocasiones, el Kremlin ha utilizado las conversaciones de paz no para reducir la violencia, sino como una oportunidad para ganar tiempo o intensificar la presión militar, un patrón que se remonta al inicio de la guerra en el Donbás.

Parte de las motivaciones detrás de la guerra —más allá de subyugar las aspiraciones ucranianas de independencia y frenar su acercamiento a Europa— radica en el deseo de Rusia de reafirmar su lugar en el orden internacional, ser reconocida como gran potencia y ejercer influencia sobre su entorno geopolítico. Boris Yeltsin aspiraba a que Rusia fuera vista como una gran potencia europea. En sus primeros años, Vladimir Putin al menos aparentó compartir esa visión, intentando posicionar a Rusia como un actor central junto a Occidente. En 2000, por ejemplo, afirmó que Rusia era “parte de la cultura de Europa Occidental. No importa dónde viva nuestra gente, en el Lejano Oriente o en el Sur, somos europeos”.

Sin embargo, esa orientación cambió progresivamente. Como señala la investigadora Nicole Fernández en Political Analysis, el discurso de Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007 marcó una ruptura decisiva con el marco de cooperación anterior. Allí criticó abiertamente a Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, denunciando la expansión occidental como una amenaza directa a los intereses rusos.

“Si bien Putin se abstuvo de mencionar explícitamente las revoluciones en Georgia y Ucrania, era evidente que sus referencias estaban implícitas en sus comentarios sobre la OSCE y la promoción de la democracia”, explica Fernández.

Ese discurso consolidó dos postulados que chocaban frontalmente con la política occidental. En primer lugar, que antiguos Estados soviéticos como Georgia y Ucrania pertenecen a la esfera de influencia natural de Rusia. En segundo lugar, que las decisiones de estos países de distanciarse de Moscú eran resultado de la intervención y presión occidentales.

En este contexto, la acción militar pasó a convertirse en un instrumento central de la política exterior rusa: una herramienta para ganar influencia, ejercer coerción, imponer líneas rojas y asegurarse un lugar en la mesa de negociación internacional. La guerra dejó de ser un recurso excepcional para transformarse en un mecanismo estructural de poder.

Además, diversos funcionarios estadounidenses han señalado que Putin podría no concebir la posibilidad de perder una guerra. En conflictos como Chechenia y Georgia logró consolidar victorias estratégicas que reforzaron su legitimidad interna. Ese precedente puede haber alimentado la convicción de que el uso de la fuerza es una vía eficaz para resolver disputas geopolíticas.

Los costos de la guerra de Putin en Ucrania

Sin embargo, los costos actuales de la guerra en Ucrania son considerablemente más altos que en conflictos anteriores. ¿Qué ha cambiado?

En el pasado, Rusia podía absorber las consecuencias de sus intervenciones militares sin alterar profundamente su funcionamiento interno. Los ingresos del comercio exterior, especialmente de energía, y un impacto limitado de sanciones permitían mantener cierta estabilidad. La invasión rusa de Ucrania en 2014 generó sanciones y aislamiento diplomático, pero los costos fueron relativamente contenidos.

Tras cuatro años de invasión a gran escala iniciada en 2022, la situación es diferente. Rusia ha transitado hacia una economía de guerra prácticamente total, con consecuencias monetarias, políticas y militares mucho más profundas. El gasto militar se ha disparado, el presupuesto federal se ha reorientado hacia el esfuerzo bélico y la sostenibilidad del modelo económico empieza a ser cuestionada.

En el plano diplomático, el aislamiento internacional se ha intensificado. “Rusia había perdido claramente una gran parte de su estatus en Oriente Medio a finales de 2025, y la reputación de Putin como aliado confiable ha quedado destrozada”, afirmó Kimberly Marten, profesora de Ciencia Política en Barnard College, Universidad de Columbia.

Rusia también ha perdido influencia en el Cáucaso Sur. Armenia —que alberga una base militar rusa— y Azerbaiyán han comenzado a distanciarse de Moscú, mientras Estados Unidos lidera negociaciones diplomáticas en la región. Moscú tampoco desempeñó un papel decisivo en conflictos recientes que involucraron a socios estratégicos, ni mantuvo presencia relevante en foros internacionales como Davos, lo que refleja una reducción de su peso global.

En conjunto, la guerra en Ucrania ha transformado a Rusia de potencia que buscaba reconocimiento internacional en un actor cada vez más aislado, dependiente de la coerción militar para sostener su influencia.

Los diferentes costos de la guerra de Putin en Ucrania
Los costos de la invasión rusa de Ucrania. Fuentes: Reuters, Moscow Times, KSE Institue. Cabe destacar que la proporción del presupuesto nacional podría incluso alcanzar casi el 50%, según la agencia de inteligencia alemana BND. Ilustración: UNITED24 Media

Esta dependencia de la guerra ha terminado por socavar prácticamente todos los objetivos que Vladimir Putin planteó con la invasión de Ucrania y con su proyecto político en general. Rusia esperaba ser recibida como “liberadora” en territorio ucraniano, pero la invasión rusa provocó exactamente lo contrario: reforzó la identidad nacional ucraniana y consolidó un rechazo masivo hacia Moscú.

Los datos de opinión pública reflejan con claridad este giro histórico. Según el Instituto Internacional de Sociología de Kyiv, en febrero de 2014 alrededor del 78% de los ucranianos tenía una visión positiva de Rusia. Tras la anexión de Crimea y el inicio de la guerra en Donetsk y Luhansk, esa cifra cayó al 30%. Después de la invasión a gran escala iniciada en 2022, descendió aún más, hasta situarse en apenas el 3% en octubre de 2024. Lejos de recuperar influencia, el Kremlin perdió casi por completo el capital político que aún conservaba en Ucrania.

En el plano geopolítico más amplio, las consecuencias también han sido profundas. La expansión de la OTAN con la incorporación de Suecia y Finlandia representa un revés estratégico directo para Moscú. Ucrania, por su parte, avanza hacia la Unión Europea, uno de los objetivos centrales de la Revolución de la Dignidad que Rusia intentó frenar mediante la fuerza. Al mismo tiempo, Rusia enfrenta un creciente aislamiento internacional y una reducción progresiva de aliados sólidos en el escenario global.

A ello se suman los elevados costos económicos de la guerra en Ucrania. Las sanciones occidentales, la disminución de ingresos energéticos, el enorme gasto militar, el aumento de impuestos, la inflación y el encarecimiento de la actividad empresarial han transformado la estructura de la economía rusa. Según estimaciones de la inteligencia alemana (BND), aproximadamente el 50% del presupuesto federal ruso se destina actualmente al esfuerzo bélico. Las sanciones han afectado de manera significativa el comercio exterior y los niveles de intercambio han disminuido. En términos generales, la invasión ha tensionado y distorsionado profundamente el modelo económico del país.

En el ámbito militar, la presión también es evidente. Se registran escaseces de suministros básicos, agotamiento de reservas estratégicas y crecientes dificultades para adquirir piezas de repuesto, especialmente en sectores como la aviación y la industria de defensa, debido a las restricciones internacionales.

Resulta difícil negar que Putin se ha vuelto dependiente de la guerra como instrumento central de su poder. Su popularidad y su permanencia en el cargo parecen estar cada vez más ligadas al uso continuado de la fuerza militar, incluso cuando ello implica un costo económico, diplomático y estratégico considerable para la propia Rusia.

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