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Frontera: La cultura detrás del frente

Frontera: La cultura detrás del frente

A más de 700 kilómetros de Kyiv y lejos de las imágenes que habitualmente ocupan los informativos desde el inicio de la invasión rusa, la ciudad de Lutsk acogió los días 25 y 26 de julio la sexta edición del Festival Internacional Frontera.

Durante dos jornadas, 2.718 personas asistieron a conferencias, debates, conciertos, lecturas poéticas y actividades infantiles en un país donde cualquier reunión multitudinaria debe convivir con una realidad ineludible: la guerra.

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Escritor invitado

El frente queda lejos de Volinia. Las trincheras no atraviesan las calles de Lutsk y el estruendo de la artillería no forma parte del paisaje cotidiano de la ciudad. Sin embargo, la guerra está presente en cada decisión. También en la de organizar un festival cultural. En la entrada del recinto, junto al programa de actividades, los asistentes reciben indicaciones sobre los protocolos de evacuación.

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Los organizadores recuerdan que todas las actividades pueden interrumpirse en caso de alerta aérea y que existe un refugio habilitado para el público. Es una imagen que resume la paradoja de la Ucrania actual: la vida continúa, pero nunca al margen de la guerra.

Desde el comienzo de la invasión a gran escala en febrero de 2022, la cultura ha adquirido un significado que trasciende el ámbito artístico. Bibliotecas, teatros, museos y otros espacios culturales han sido dañados o destruidos durante la guerra. Según el Ministerio de Cultura de Ucrania, a comienzos de mayo de 2026, 2.540 instalaciones de infraestructura cultural habían resultado dañadas, de las cuales 518 habían sido completamente destruidas. Entre ellas se cuentan 853 bibliotecas, 135 museos y galerías y 50 teatros, cines y filarmónicas.

La edición de este año se articuló en torno al concepto de «Los límites de la pertenencia», una reflexión sobre qué significa formar parte de una comunidad, cómo se construyen los vínculos entre las personas y qué responsabilidad tiene cada ciudadano en una sociedad marcada por el conflicto. Las mesas redondas reunieron a escritores, periodistas, filósofos, artistas e intelectuales ucranianos e internacionales para debatir sobre memoria, identidad, democracia y cultura.

El escenario principal de Frontera, con el público siguiendo una de las sesiones del festival. (Foto: Tetiana Shavlovska)
El escenario principal de Frontera, con el público siguiendo una de las sesiones del festival. (Foto: Tetiana Shavlovska)

El compromiso civil del festival también se tradujo en acciones concretas: durante las dos jornadas, los organizadores recaudaron 1.115.818 grivnas en apoyo a las Fuerzas de Seguridad y Defensa de Ucrania, incluyendo fondos destinados a las necesidades de la brigada «Lubart» y a la rehabilitación de sus soldados. Una parte de la recaudación se destinará específicamente a la compra de equipos de comunicación para la brigada, en una campaña organizada junto al fondo «Povernys Zhyvym».

La elección del tema no es casual. La guerra ha obligado a millones de ucranianos a replantearse quiénes son, qué les une y qué futuro desean construir cuando termine el conflicto. Ese proceso también se refleja en el ámbito cultural y, especialmente, en la lengua. Según un estudio del Instituto Ucraniano del Libro realizado en 2024, tres de cada cuatro libros leídos en Ucrania ese año fueron en ucraniano, unos 20 puntos porcentuales más que en 2023. En ese sentido, Frontera no propone respuestas sencillas.

Invita a debatir sobre la pertenencia, la solidaridad y la responsabilidad colectiva en un momento en el que cada decisión cotidiana parece tener una dimensión política. Caminar por el recinto del antiguo castillo donde se celebra el festival permite comprender que la guerra no ha conseguido vaciar de contenido la vida pública ucraniana. Familias enteras recorren los espacios culturales, adolescentes esperan para asistir a las charlas de sus autores favoritos y los niños participan en talleres y actividades diseñadas específicamente para ellos. La programación infantil ocupa un lugar destacado porque los organizadores entienden que proteger la infancia también significa ofrecer espacios donde los menores puedan seguir aprendiendo, jugando y creando incluso en tiempos de guerra.

Resulta inevitable preguntarse qué supone crecer en un país donde una generación entera ha aprendido a identificar el sonido de las sirenas antiaéreas antes incluso de terminar la educación primaria. Muchos de esos niños han conocido el desplazamiento forzoso, la separación de familiares o la interrupción de su educación. Al final del curso 2024/25, más de un tercio de los estudiantes ucranianos no recibía toda su formación de manera presencial y un 11 % estudiaba exclusivamente en línea, según datos del Ministerio de Educación citados por UNICEF.

En este contexto, espacios como los talleres infantiles de Frontera adquieren una importancia que va más allá del entretenimiento: ofrecen a los menores la posibilidad de reunirse, jugar, leer y relacionarse con otros niños en un entorno cultural y seguro. Durante el festival vuelven a dibujar, cantar, leer y jugar. No porque la guerra haya desaparecido durante unas horas, sino porque sus familias se empeñan en que no sea la única realidad que conozcan.

Niños y niñas participan en un taller de lectura bajo la carpa, parte de la programación infantil del festival. (Foto: Frontera)
Niños y niñas participan en un taller de lectura bajo la carpa, parte de la programación infantil del festival. (Foto: Frontera)

La organización de un evento de estas características implica un esfuerzo extraordinario en cualquier circunstancia. En Ucrania, además, cada actividad debe estar preparada para interrumpirse en cuestión de minutos. Ella Yatsuta, fundadora de Frontera, explica que el recinto cuenta con un búnker subterráneo dentro del propio complejo, con capacidad suficiente para albergar a todos los asistentes. En caso de una alerta, el protocolo permite trasladar a todo el público al refugio en un máximo de seis minutos, aproximadamente el tiempo que puede tardar un misil balístico en alcanzar la zona, según Yatsuta.

Una vez allí, el festival no tiene por qué detenerse: las actividades pueden continuar dentro del propio búnker. El espacio dispone además de varias entradas, facilitando la evacuación desde distintos puntos del recinto. Los protocolos de evacuación, la coordinación con las autoridades locales, la existencia de refugios y la posibilidad de suspender actividades en cualquier momento forman parte de una planificación que hace apenas unos años habría parecido impensable en cualquier festival europeo. La guerra también ha reforzado un sentimiento de identidad nacional que atraviesa buena parte del debate cultural ucraniano.

El idioma, la literatura, la música y la historia han adquirido una relevancia renovada como elementos de cohesión frente a la agresión exterior. En Frontera, esa conversación reunió a 86 invitados procedentes de ámbitos tan distintos como la literatura, el periodismo, la filosofía, la diplomacia y el ejército. Entre ellos estuvieron el escritor español Juan Antonio Bernier, el fotógrafo portugués-estadounidense João Pina y el periodista neerlandés Joris Luyendijk, junto a autores, periodistas y veteranos ucranianos.

No deja de resultar significativo que un festival literario dedique parte de su programación a hablar de periodismo, memoria y responsabilidad cívica. En una guerra donde la información desempeña también un papel central, defender el pensamiento crítico y el debate público adquiere una importancia difícil de exagerar. La literatura deja entonces de ser únicamente una expresión artística para convertirse en una herramienta con la que una sociedad intenta comprender su propio presente.

Desde fuera, Ucrania suele aparecer reducida a mapas militares, balances de víctimas y análisis estratégicos. Es una consecuencia lógica de una guerra que condiciona la actualidad internacional. Sin embargo, esa imagen resulta incompleta. Un país no se define únicamente por las batallas que libra, sino también por aquello que decide conservar mientras combate. En Lutsk, miles de personas decidieron dedicar un fin de semana a escuchar literatura, debatir sobre democracia, asistir a conciertos y compartir espacios de encuentro. No porque ignoraran la guerra, sino precisamente porque se negaban a permitir que la guerra monopolizara su existencia.

Un husky se convierte en protagonista improvisado entre el público del Festival Frontera, en uno de los momentos más distendidos del encuentro en Lutsk. (Foto: Frontera)
Un husky se convierte en protagonista improvisado entre el público del Festival Frontera, en uno de los momentos más distendidos del encuentro en Lutsk. (Foto: Frontera)

Quizá esa sea la principal enseñanza del Festival Frontera. El frente puede encontrarse a cientos de kilómetros de distancia, pero la guerra atraviesa cada aspecto de la vida cotidiana. Está presente en los protocolos de seguridad, en las conversaciones, en los proyectos solidarios y en la memoria de quienes han perdido a familiares o amigos. También está presente en la determinación de seguir organizando festivales, escribiendo libros y llenando plazas de personas.

La defensa de Ucrania comienza en quienes arriesgan su vida para proteger su territorio y a quienes viven en él. Pero lo que se protege no es únicamente una frontera. Es también la posibilidad de que, lejos de las zonas de combate, una sociedad pueda seguir hablando su lengua, leyendo sus libros, educando a sus hijos, reuniéndose y preservando su memoria.

Frontera es una pequeña expresión de esa vida que continúa. Durante dos días, 2.718 personas se reunieron en Lutsk para escuchar poesía, debatir, leer, hacer música y hablar sobre quiénes son y qué futuro quieren construir. Todo ello fue posible porque, en otro lugar, hay personas sosteniendo la defensa del país. La cultura no es otro frente: es parte de la vida que ese frente protege.

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