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Muere a los 73 años Sergei Ivanov, exministro de Defensa de Rusia y uno de los aliados más antiguos de Putin

Sergei Ivanov, uno de los aliados más veteranos del presidente ruso, Vladímir Putin, y figura fundamental en la cúpula del poder de Moscú durante más de dos décadas, ha fallecido este viernes 26 de junio a los 73 años, según ha informado el diario The Moscow Times.
La VTB United League , la competición de baloncesto de la que Ivanov era presidente de honor, ha anunciado el deceso sin concretar las causas de la muerte, si bien diversos reportes señalaban que padecía una grave enfermedad.
Ivanov y Putin se conocieron en la década de los setenta, cuando ambos servían como agentes del KGB en Leningrado (actual San Petersburgo). Cuando Putin asumió la dirección del Servicio Federal de Seguridad (FSB) en 1998, nombró a Ivanov como su número dos. Posteriormente, desempeñó cargos de la máxima relevancia en el aparato estatal, como secretario del Consejo de Seguridad y ministro de Defensa. Hacia 2007, su peso político dentro del Kremlin era tal que fue considerado el principal candidato para suceder a Putin al frente de la jefatura del Estado.
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El fracaso frente a los partidarios de la fuerza bruta y el ostracismo político
Sin embargo, Ivanov perdió aquella pugna interna por el poder frente a Dmitri Medvédev, quien ejerció como presidente de Rusia entre 2008 y 2012. El destacado analista político ucraniano Vitaly Portnikov señala que la derrota política de Ivanov fue absoluta. «Sergei Ivanov no es solo el primero en morir del círculo más íntimo de Putin», afirma Portnikov, «sino también el aliado más cercano que perdió por completo la lucha interna por el poder». El analista añade que un hombre que llegó a ser visto como el próximo mandatario de Rusia «muere sin que nadie lo necesite, sin ningún cargo de relevancia en la dirección del Estado».
Aunque los observadores internacionales interpretaron en su momento que la elección de Medvédev suponía una vía más aperturista para Rusia, Portnikov califica esta percepción de «absoluta ilusión». A su juicio, Medvédev demostró ser un ala dura cuya presidencia condujo de manera directa a la invasión rusa de Georgia en 2008. Ivanov, por el contrario, representaba a una facción de los servicios de seguridad que aspiraba a someter a los países vecinos mediante el sabotaje político sutil y la infiltración, en lugar de recurrir a una guerra abierta.
«A menudo es más difícil resistirse a un saboteador que a un carnicero», apunta Portnikov. «Sin embargo, el hecho de que un hombre que esperaba conquistar a sus vecinos con un bisturí perdiera ante quienes ofrecían un mazo dice mucho de los procesos de las últimas décadas». El analista subraya que la vida política de Ivanov concluyó, a efectos prácticos, justo antes de la invasión a gran escala de Ucrania en 2022. Durante la célebre reunión televisada del Consejo de Seguridad en la que Putin exigió lealtad absoluta de cara a la guerra, Ivanov ni siquiera tomó la palabra.
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El ocaso del último pragmático en un régimen cercado por las purgas y el aislamiento
The Moscow Times señala que la influencia de Ivanov había disminuido de forma constante durante los últimos años. Su actitud hacia la gestión pública cambió profundamente en 2014, tras la muerte de su hijo mayor en un accidente en los Emiratos Árabes Unidos. En 2016, fue relegado a un cargo menor como enviado especial para el Medio Ambiente y la Ecología, una función que terminó abandonando de manera definitiva en febrero de este año.
El exvicepresidente del Banco Central de Rusia, Sergei Aleksashenko, define a Ivanov como uno de los miembros más inteligentes del equipo de Putin, alguien con quien todavía era posible mantener un debate técnico. Aleksashenko subraya que el fallecimiento de Ivanov evoca el declive de la vieja guardia que rodeaba al líder soviético Leonid Brézhnev, cuyos principales jerarcas comenzaron a morir a edades similares justo antes del colapso del sistema soviético.
La muerte de Ivanov coincide con un periodo en el que el círculo íntimo que le queda a Putin se encuentra atenazado por la paranoia y las disputas internas. Investigaciones recientes revelan que el presidente ruso ha extremado las alertas ante el temor a un golpe de Estado o intentos de magnicidio, lo que le ha llevado a dirigir el país desde búnkeres fortificados. Estos informes evidencian además una profunda brecha entre los jefes de seguridad del Kremlin, que se culpan mutuamente de los fallos de inteligencia mientras observan al secretario del Consejo de Seguridad, Sergei Shoigú, como una amenaza potencial para la estabilidad del régimen.
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