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Guerra en Ucrania

Alas de metal y noches infernales: la guerra de drones que marcó el invierno ucraniano

Drones kamikaze Shahed atacando zonas urbanas en Ucrania durante bombardeos nocturnos

Un zumbido eléctrico que se extiende sobre la ciudad como una capa fina de ruido. Los drones aparecen en grupos, atravesando el cielo durante largos minutos mientras las defensas intentan interceptarlos. Algunos son alcanzados y se abren en el aire, una breve flor de fuego antes de caer entre edificios o patios cubiertos de nieve. Detrás vienen más. Las noches empezaron a medirse de otra manera. No solo por la temperatura. Por el número de drones también.

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Durante el invierno, esos motores no aparecieron por accidente.

Formaban parte de una campaña sostenida contra la infraestructura energética de Ucrania. Subestaciones, plantas eléctricas, instalaciones de gas y nodos críticos del sistema eléctrico se convirtieron en objetivos recurrentes. El objetivo era simple: debilitar la red energética y empujar a millones de personas hacia el frío y la oscuridad.

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Fue uno de los inviernos más duros desde el inicio de la invasión a gran escala. En varias regiones las temperaturas descendieron por debajo de los –20 °C (-4°F), mientras que durante semanas enteras el termómetro permaneció por debajo –10 °C (14°F). En esas condiciones, la electricidad no es solo comodidad: es calefacción, agua caliente, transporte, hospitales.

Entre diciembre y febrero, Rusia lanzó repetidas oleadas de ataques combinados con drones y misiles contra ciudades y redes eléctricas en todo el país. Los ataques no fueron episodios aislados. Durante los meses de invierno se registraron múltiples ataques masivos dirigidos específicamente contra infraestructura energética.

La lógica detrás de la campaña se volvió evidente desde el principio: convertir el invierno en un arma.

Dañar la red eléctrica significaba más que apagar las luces. Significaba interrumpir calefacción, agua y servicios esenciales en el momento más frío del año. 

La escala de los ataques

Durante el invierno, los ataques con drones no fueron episodios aislados sino una presencia casi constante en el cielo ucraniano.

Los datos de Las Fuerzas Armadas Ucranianas recopilados por el Insitute For Science and International Security muestran la magnitud de esta campaña. En 2025 Rusia lanzó al menos 54.538 drones tipo Shahed y derivados, incluidos aproximadamente 32.200 drones de ataque, mientras que el resto fueron drones señuelo utilizados para saturar los sistemas de defensa aérea. 

En los meses de invierno el ritmo de los ataques se mantuvo extremadamente alto.

  • Octubre 2025: 5.298 drones lanzados

  • Noviembre 2025: 5.447 drones

  • Diciembre 2025: 5.131 drones

Esto equivale a entre 165 y 182 drones lanzados cada día durante ese periodo. 

Las noches más intensas incluyeron ataques masivos en los que cientos de drones eran lanzados simultáneamente, muchas veces combinados con misiles balísticos y de crucero. El 6 de diciembre de 2025, por ejemplo, Rusia lanzó 653 drones de largo alcance, incluidos más de 300 drones de ataque, en una sola ofensiva aérea. 

Incluso cuando el volumen de ataques se redujo ligeramente a comienzos de 2026, la escala siguió siendo notable. Solo en enero de 2026 se registraron 4.442 drones Shahed y derivados, con un promedio de 143 lanzamientos diarios. 

Número de ataques con drones rusos entre octubre de 2025 y febrero de 2026 con miles de lanzamientos mensuales
Evolución del número de ataques con drones rusos entre octubre de 2025 y febrero de 2026, con un promedio diario de hasta 182 drones y miles de lanzamientos mensuales. (Foto: Oleksander Manukians / UNITED24 Media)

Los drones

No todos los drones que cruzan el cielo ucraniano son iguales. Los que protagonizan estas oleadas no son los pequeños FPV que saturan el frente, sino aparatos de largo alcance —de más de tres metros de longitud— diseñados para recorrer cientos o incluso más de mil kilómetros antes de alcanzar su objetivo.

El núcleo de esta campaña es el Shahed-136, un dron de ataque desarrollado en Irán y producido en Rusia como Geran-2. Con su característica silueta triangular y un motor de pistón, puede volar más de mil kilómetros antes de impactar. Su ventaja no está en la sofisticación, sino en la economía: es barato, relativamente simple de fabricar en serie y lo suficientemente preciso para golpear infraestructura crítica. Su lógica es industrial.

A su lado opera el Shahed-131, una versión más pequeña —de unos 2,5 metros— que sigue el mismo principio: navegación preprogramada y un único final posible, el impacto, aunque con una carga explosiva menor.

Aunque su funcionamiento se basa principalmente en rutas preprogramadas mediante sistemas de navegación inercial y por satélite, cada vez es más común que estos drones incorporen cámaras y enlaces de datos limitados.

En los últimos meses, Rusia ha ampliado este sistema. El Geran-3 introduce mayor velocidad mediante un motor a reacción; el Garpiya (Harpy-A1) adapta el diseño original a producción local; y los indicios de nuevos modelos —Geran-4 y Geran-5— apuntan a una evolución continua, no a un sistema cerrado.

Una parte cumple otra función: saturar. Modelos señuelo como Gerbera o Parody imitan la firma de radar y el perfil de vuelo de los drones de ataque, obligando a las defensas ucranianas a reaccionar. Cada interceptor empleado contra un blanco falso es un recurso menos frente a una amenaza real.

Principales tipos de drones rusos Shahed y señuelos utilizados en ataques contra Ucrania
Principales tipos de drones utilizados por Rusia, incluidos los Shahed-131, Shahed-136 y Shahed-238, así como drones señuelo diseñados para saturar las defensas aéreas ucranianas. (Foto: Oleksander Manukians / UNITED24 Media)

El frente energético

Desde el inicio de la invasión a gran escala, Rusia ha convertido el sistema energético ucraniano en uno de los principales blancos de su campaña aérea. Centrales térmicas, subestaciones de alta tensión y nodos de transmisión han sido atacados repetidamente con drones y misiles, en una estrategia que busca degradar la capacidad del país para producir y distribuir electricidad.

Pero el momento de estos ataques no es casual. Se concentran en invierno.

En un país donde millones de personas viven en edificios conectados a sistemas de calefacción centralizada, la electricidad no es solo iluminación o comodidad. Mantiene funcionando las calderas urbanas, las bombas de agua, los hospitales y el transporte. Cuando la red se apaga, la temperatura dentro de los apartamentos empieza a caer.

Empresas energéticas ucranianas como DTEK, el mayor operador privado del país, han reportado repetidos ataques contra sus centrales térmicas durante los meses más fríos. Las instalaciones han sido golpeadas una y otra vez, obligando a equipos de reparación a regresar al mismo lugar tras cada bombardeo para intentar mantener el sistema operativo.

La red nacional operada por Ukrenergo enfrenta el mismo desafío a una escala mayor. Subestaciones de muy alta tensión —la columna vertebral que conecta centrales nucleares con ciudades enteras— han sido dañadas en múltiples ataques, provocando apagones de emergencia en distintas regiones del país. En algunos episodios, el impacto ha ido más allá de las fronteras: interrupciones en la red ucraniana han contribuido a cortes eléctricos en países vecinos como Moldavia.

Temperaturas medias y mínimas en Ucrania entre 2022 y 2026, con descensos significativos en invierno
Temperaturas medias y mínimas registradas en Ucrania entre 2022 y 2026, mostrando variaciones estacionales y episodios de frío extremo en los inviernos más recientes. (Foto: Oleksander Manukians / UNITED24 Media)

Cuando eso ocurre, el impacto se siente inmediatamente en los hogares. Durante algunos de los ataques más intensos del invierno, ciudades enteras se enfrentaron a apagones mientras las temperaturas exteriores caían muy por debajo de cero. En esas condiciones, incluso unas pocas horas sin calefacción pueden convertir un apartamento en un espacio casi inhabitable. En Kyiv, uno de esos ataques obligó a detener por completo el metro —algo inédito desde el inicio de la invasión— y a evacuar a los pasajeros atrapados en los trenes.

Por eso los ataques se repiten noche tras noche.

No se trata únicamente de destruir transformadores o centrales eléctricas. El objetivo es más simple y más brutal: dejar a millones de personas en la oscuridad y el frío, dentro de sus propias casas.

El impacto

Los drones no golpean únicamente la red eléctrica. También golpean ciudades. Bloques de apartamentos. Escuelas. Garajes, supermercados, estaciones de tren.

Cuando uno de estos drones atraviesa las defensas aéreas, el resultado suele ser breve y violento. El motor se corta con un impacto seco y después llega la explosión. Ventanas que estallan en varias manzanas. Fragmentos de metal incrustados en fachadas. Coches ardiendo en los patios.

Equipos de emergencia pasaron gran parte del invierno respondiendo a estas alarmas nocturnas: incendios en edificios residenciales, apartamentos destruidos, restos de drones esparcidos en los patios entre edificios.

Los ataques llegan en dos fases.

Primero el impacto.

Después, cuando la gente empieza a salir de los edificios, cuando vecinos intentan ayudar a los heridos o cuando los primeros equipos de emergencia llegan al lugar, llega otro.

Este tipo de ataques —conocidos como “double tap strikes”— buscan precisamente ese momento: cuando supervivientes, transeúntes o rescatistas se concentran en el lugar del primer impacto.

Uno de los episodios más claros ocurrió este invierno en la región de Dnipropetrovsk, cuando un dron Shahed golpeó un autobús que transportaba mineros. El primer impacto dejó el vehículo destruido en la carretera. Los pasajeros que sobrevivieron intentaron salir mientras otras personas se acercaban para ayudar. 

Minutos después llegó otro dron. El segundo Shahed impactó el mismo lugar mientras los supervivientes, transeúntes intentaban evacuar a los heridos.

El final del invierno

El invierno finalmente ha terminado.

La nieve empieza a desaparecer de los patios entre edificios. El hielo se derrite en las aceras. Los días se alargan lentamente y el sol vuelve a tocar las fachadas de los bloques de apartamentos.

Después de meses de ataques nocturnos, de generadores zumbando en patios y de apartamentos enfriándose cuando la electricidad desaparecía, la gente ha sobrevivido al invierno.

Pero el sonido de los motores no ha desaparecido.

Mientras la primavera llega a Ucrania, ese mismo zumbido que dominó el invierno empieza a escucharse en otros lugares. Los mismos drones Shahed que cruzaban el cielo ucraniano ahora aparecen en otras geografías de guerra.

El futuro inmediato sigue siendo incierto. En el este de Ucrania, Rusia prepara nuevas ofensivas mientras la guerra entra en otra estación. El invierno terminó, pero la guerra sigue.

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